"Ética de la Tierra" de Aldo Leopold

“Es justo cuanto tiende a preservar la integridad,
estabilidad y belleza de la comunidad biótica”
Aldo Leopold

"Una Ética de la Tierra" es uno de los libros/ensayo más bonitos que alguien preocupado por el medio-ambiente pueda leer. Es considerada una biblia en los países angloparlantes para los ecologistas, es el primer libro que aúpa al conocimiento ecológico como pensamiento ético-filosófico.

Aldo Leopold nos habla en el de Conservación. Pero lo más interesante es cómo nos introduce en ese pensamiento: lo hace en primera persona como si estuviese contando en una tertulia lo que él cree sobre el mundo, como algo cotidiano. Desde su finca nos cuenta cómo empezó a amar a la naturaleza y a reflexionar sobre el respeto que debe tener el hombre hacia el mundo natural. Un libro al que se le coge pronto cariño y que se deja en la mesilla de noche para echarle un vistazo de vez en cuando.

Publicado en 1949, un tiempo después de la muerte de Leopold, "Una Ética de la Tierra" es una combinación de historia natural, paisajes descritos con palabras y filosofía. Es quizás más conocido por la siguiente frase, que definiría la Ética de la tierra: Una cosa está bien mientras tiende a preservar la integridad, estabilidad y la belleza de la comunidad biótica. Está mala, si tiende a hacer lo contrario.

En "Una Ética de la Tierra", Leopold profundiza en la conservación en la sección La Consciencia Ecológica. Escribió: La conservación es un estado de armonía entre el hombre y la tierra. Leopold sentía que se necesitaba una educación de la conservación más fuerte, sin embargo la cantidad y la calidad estaban en debate.

Al parecer de Leopold, el plan de estudios existente hasta entonces (fines de 1940) se resumía en: obedezca la ley, vote, únase a alguna organización y practique todo lo que pueda la conservación en su propio terreno: el gobierno hará el resto. Leopold era crítico con este tipo de fórmulas. Para él, eran exclusivamente utilitarias y no abordaban cuestiones éticas relevantes. Esto lo hizo llegar a la conclusión de que las obligaciones no significan nada sin conciencia, y el problema central era extender la conciencia social desde las personas hacia la tierra. Al tiempo que escribía, estaba seguro de que, sin beneficios de la filosofía y la religión, la conservación estaba condenada a ser un esfuerzo mínimo por la lucha contra el daño a la naturaleza.

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